miércoles, 22 de julio de 2015

RAMÓN ALBERTO GARZA NO ATINA UN PUNTO SOBRE SUS IES AL DAR “ÓRDENES” A PEÑA NIETO.

La semana anticlimática para el peñismo producida por la fuga del Chapo Guzmán ha servido también para que salgan del closet, con todas sus frustraciones, los malquerientes del régimen que disfrazan de crítica sus resentimientos.


Es el caso de la columna de ayer de Ramón Alberto Garza en la que, sin el menor rubor por mostrar una soberbia infinita que no hace honor al oficio de escribir, le ordena al presidente Peña Nieto que realice cambios en su gabinete porque considera que por culpa del equipo gobernante el país está en la orilla del desfiladero.


Habla de un país en el que vive y sobrevive periodísticamente el propio Ramón Alberto.


Un país que ha dado asilo, cobijo y posibilidades de ejercer su vocación de comunicador  a su más cercano compañero de viaje.


El recuento de daños sufrido por los errores del peñismo, que en el contexto internacional no se dimensiona ni se dramatiza como lo hace Ramón Alberto en el juicio sumario que le hace al presidente, es una reseña maniquea de una gestión de gobierno del que, pese a reconocer las graves fallas cometidas, también tiene rasgos positivos y, sobre todo, mantiene al país con posibilidades de reconstruirse de la herencia de una pasado inmediato de 30 años en el que los mandatarios hicieron abuso y mal uso del poder.


Periodísticamente el asunto del Chapo Guzmán ha sido tratado con oficio, revestido de duros señalamientos a los errores que cometieron los responsables de la custodia del capo fugado, por comunicadores como Ciro Gómez Leyva o Martha Anaya los cuales, sin dar la menor concesión a los que fallaron en este caso dentro del gobierno, rescatan para sus audiencias lecturas profundas e informaciones dignas de reconocimiento sobre el asunto.


Publicadas el mismo día que la de Ramón Alberto Garza, las columnas de Ciro Gómez Leyva y Martha Anaya no caen en actitudes pontificadoras de asumirse como los tutores del presidente y sin embargo sus razonamientos e investigaciones.


Ciro apunta en su durísima columna:


“Uno de los aspectos dignos de atención tras la fuga de El Chapo Guzmán ha sido la narrativa del gobierno del presidente Peña Nieto. Entre asombrado y deslumbrado, el gobierno que un día se empeñó en eliminar las imágenes e historias de violencia de los medios electrónicos, terminó construyendo una chapologética.

El jueves, en una extraordinaria entrevista con Adela Micha en Televisa, el comisionado nacional de Seguridad, Monte Alejandro Rubido, se dijo y mostró sorprendido por lo que ocurrió.

Su rostro era de derrota, pero hablaba de la “impredecible fuga” casi como un inigualable acto de magia. El túnel de 80 centímetros, el hoyo de 50 por 50… Colaba frases tipo “es una fuga que lastima a todos los mexicanos”, pero lo toral era una descriptiva que se postraba ante la inteligencia y habilidad de la exitosa operación.”
Y Martha Anaya revela en su Alhajero:

“A las nueve de la noche con siete minutos –15 minutos después de la desaparición, según las autoridades- se escucharon los primeros gritos desde el Centro de Inteligencia del penal del  Altiplano:


“¡No está en cámaras! ¡No está en Cámaras!”, advertían angustiados desde el centro de Inteligencia, los hombres encargados directamente por Ramón Pequeño  –jefe de inteligencia de la Policía Federal-, de vigilar a  Joaquín Guzmán Loera, líder del cartel de Sinaloa.


Corrieron hacia la celda de El Chapo ante el asombro del personal operativo del centro penitenciario (así se enteraron algunos administrativos, por los gritos y la corredera); ingresaron en ella y se encontraron con el agujero al pie de la regadera…


Dos custodios consiguieron una linterna (nadie llevaba ninguna en mano) y se internaron, sin armas, por el túnel. Apenas alcanzaban a ver y a respirar. Iban así, tras el preso de la celda número 20.



La comunicación se perdía por tramos. “Repórtense… ¿Están bien?”, preguntaban sus compañeros desde el interior de los muros de Almoloya.”


Concluyentes los trabajos de esos periodistas que, desdramatizando el acontecimiento, tocaron lo medular del asunto, lo toral dice Ciro, y cumplieron de manera crítica, independiente y objetiva su tarea de informar dejando al lector la posibilidad de realizar sus propias conclusiones.


¿Qué gana un lector después de leer la columna de Ramón Alberto en la que destila un personal resentimiento contra el presidente Peña Nieto y no encuentra una sola posibilidad de analizar la nota para formarse una opinión del asunto?


¿La posibilidad única de sumarse al resentimiento?


El momento difícil que vive el país no se resolverá con críticas que provienen del hígado y no de la reflexión cerebral.


Si el presidente no hace cambios en su gabinete, tal y como se lo ordena Ramón Alberto, es porque los cálculos del mandatario, que pueden ser fallidos por supuesto, son de su incompartible responsabilidad.


Cambiar por cambiar no resuelve la situación de desconcierto que vive el peñismo.


Los relevos que manda hacer Ramón Alberto no tienen en su columna nombre ni apellidos. Y el ejercicio del poder se realiza con personas de carne y hueso.


Tal vez se necesitan los cambios.


Pero cuando se indican mediáticamente de una manera tan categórica como lo hace Ramón Alberto, valdría la pena que dijera nombres para dar siquiera algo de sustancia a sus soberbias anotaciones y ayudar al país con una contribución crítica seria.



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