La semana anticlimática para
el peñismo producida por la fuga del Chapo Guzmán ha servido también para que
salgan del closet, con todas sus frustraciones, los malquerientes del régimen
que disfrazan de crítica sus resentimientos.
Es el caso de la columna de
ayer de Ramón Alberto Garza en la que, sin el menor rubor por mostrar una
soberbia infinita que no hace honor al oficio de escribir, le ordena al
presidente Peña Nieto que realice cambios en su gabinete porque considera que
por culpa del equipo gobernante el país está en la orilla del desfiladero.
Habla de un país en el que
vive y sobrevive periodísticamente el propio Ramón Alberto.
Un país que ha dado asilo,
cobijo y posibilidades de ejercer su vocación de comunicador a su más cercano compañero de viaje.
El recuento de daños sufrido
por los errores del peñismo, que en el contexto internacional no se dimensiona
ni se dramatiza como lo hace Ramón Alberto en el juicio sumario que le hace al
presidente, es una reseña maniquea de una gestión de gobierno del que, pese a
reconocer las graves fallas cometidas, también tiene rasgos positivos y, sobre
todo, mantiene al país con posibilidades de reconstruirse de la herencia de una
pasado inmediato de 30 años en el que los mandatarios hicieron abuso y mal uso
del poder.
Periodísticamente el asunto
del Chapo Guzmán ha sido tratado con oficio, revestido de duros señalamientos a
los errores que cometieron los responsables de la custodia del capo fugado, por
comunicadores como Ciro Gómez Leyva o Martha Anaya los cuales, sin dar la menor
concesión a los que fallaron en este caso dentro del gobierno, rescatan para
sus audiencias lecturas profundas e informaciones dignas de reconocimiento
sobre el asunto.
Publicadas el mismo día que
la de Ramón Alberto Garza, las columnas de Ciro Gómez Leyva y Martha Anaya no
caen en actitudes pontificadoras de asumirse como los tutores del presidente y
sin embargo sus razonamientos e investigaciones.
Ciro apunta en su durísima
columna:
“Uno de los aspectos dignos
de atención tras la fuga de El Chapo Guzmán ha sido la narrativa del gobierno
del presidente Peña Nieto. Entre asombrado y deslumbrado, el gobierno que un
día se empeñó en eliminar las imágenes e historias de violencia de los medios
electrónicos, terminó construyendo una chapologética.
El jueves, en una
extraordinaria entrevista con Adela Micha en Televisa, el comisionado nacional
de Seguridad, Monte Alejandro Rubido, se dijo y mostró sorprendido por lo que
ocurrió.
Su rostro era de derrota,
pero hablaba de la “impredecible fuga” casi como un inigualable acto de magia.
El túnel de 80 centímetros, el hoyo de 50 por 50… Colaba frases tipo “es una
fuga que lastima a todos los mexicanos”, pero lo toral era una descriptiva que
se postraba ante la inteligencia y habilidad de la exitosa operación.”
Y Martha Anaya revela en su
Alhajero:
“A las nueve de la noche con
siete minutos –15 minutos después de la desaparición, según las autoridades- se
escucharon los primeros gritos desde el Centro de Inteligencia del penal
del Altiplano:
“¡No está en cámaras! ¡No
está en Cámaras!”, advertían angustiados desde el centro de Inteligencia, los
hombres encargados directamente por Ramón Pequeño –jefe de inteligencia de la Policía Federal-,
de vigilar a Joaquín Guzmán Loera, líder
del cartel de Sinaloa.
Corrieron hacia la celda de
El Chapo ante el asombro del personal operativo del centro penitenciario (así
se enteraron algunos administrativos, por los gritos y la corredera); ingresaron
en ella y se encontraron con el agujero al pie de la regadera…
Dos custodios consiguieron
una linterna (nadie llevaba ninguna en mano) y se internaron, sin armas, por el
túnel. Apenas alcanzaban a ver y a respirar. Iban así, tras el preso de la celda
número 20.
La comunicación se perdía
por tramos. “Repórtense… ¿Están bien?”, preguntaban sus compañeros desde el
interior de los muros de Almoloya.”
Concluyentes los trabajos de
esos periodistas que, desdramatizando el acontecimiento, tocaron lo medular del
asunto, lo toral dice Ciro, y cumplieron de manera crítica, independiente y
objetiva su tarea de informar dejando al lector la posibilidad de realizar sus
propias conclusiones.
¿Qué gana un lector después
de leer la columna de Ramón Alberto en la que destila un personal resentimiento
contra el presidente Peña Nieto y no encuentra una sola posibilidad de analizar
la nota para formarse una opinión del asunto?
¿La posibilidad única de
sumarse al resentimiento?
El momento difícil que vive
el país no se resolverá con críticas que provienen del hígado y no de la
reflexión cerebral.
Si el presidente no hace
cambios en su gabinete, tal y como se lo ordena Ramón Alberto, es porque los
cálculos del mandatario, que pueden ser fallidos por supuesto, son de su
incompartible responsabilidad.
Cambiar por cambiar no
resuelve la situación de desconcierto que vive el peñismo.
Los relevos que manda hacer
Ramón Alberto no tienen en su columna nombre ni apellidos. Y el ejercicio del
poder se realiza con personas de carne y hueso.
Tal vez se necesitan los
cambios.
Pero cuando se indican
mediáticamente de una manera tan categórica como lo hace Ramón Alberto, valdría
la pena que dijera nombres para dar siquiera algo de sustancia a sus soberbias
anotaciones y ayudar al país con una contribución crítica seria.
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