El evento que celebró el PRI el sábado
pasado estaba anunciado como una evaluación de tres años de gobierno del
presidente Peña Nieto.
No hubo una evaluación realmente
autocrítica, la oportunidad era inmejorable para hacerla, y consecuentemente la
celebración se perdió en discursos políticos con verdades a medias de la
dirigencia priísta.
Los resultados fueron en el mejor de
los casos pobres, si no es que se les califica de lamentables.
El presidente del PRI que ya se va,
César Camacho, lanzó el canto del cisne y trató de hacer esa “autocrítica”
demanda por la sociedad, reconociendo que estos no son los mejores tiempos que
vive el gobierno de Peña Nieto.
El resto de los pronunciamientos que
hizo el dirigente nacional priísta fueron únicamente lo que se llama “más de lo
mismo”.
Por ello lo que rescataron los medios y
los analistas políticos de ese evento fue la declaración-advertencia del
presidente Peña Nieto en el sentido de que “éste no es tiempo de proyectos
personales”.
Tomaron después, los analistas y los
medios, como un retrato hablado de Aurelio Nuño como nuevo prototipo del priísta
que reclaman los nuevos tiempos.
Peña Dijo que el nuevo líder, sea de su
partido o sea su candidato presidencial, deberá ser alguien que busque
nuevamente a los segmentos más informados e independientes del segmento
poblacional ubicado entre los 18 y 35 años, con capacidad de ser interlocutor
de los universitarios, estar al día en la atención y comportamiento de las
redes sociales.
Ciertamente el jefe de la oficina de
Los Pinos es un cuadro peñista que puede incursionar en los ámbitos
universitarios toda vez que no carga en su curricula con manchas de fraudes
electorales, de corrupciones descubiertas y efectivamente ha demostrado una
sensibilidad muy aceptable para estar pendiente de los mensajes que manda el
mundo digital a través de las redes sociales.
Esta segunda lectura del discurso de
Peña Nieto en el PRI ya se puede ir ubicando en su diseño para conducir la
sucesión presidencial 2018.
En relación al fenómeno social y
político en que se ha convertido en México la sucesión presidencial, los
mandatarios surgidos del sistema político mexicano, considerado éste como un
producto de la postrevolución de 1910, suelen en ocasiones “engañar con la
verdad”.
Peña Nieto dejó quietos los proyectos
personales de Videgaray, Beltrones, Osorio, Meade y Enrique Martínez, que son
de sus hombres cercanos los que ofrecen un perfil medianamente competitivo en
unas elecciones como las del 2018.
Unos comicios en los que seguramente
las urnas cobrarán fracturas de la corrupción y la ineficiencia demostrada en
casos como de las claridosas y espeluznantes cifras del CONEVAL sobre la
pobreza creciente en los dos primeros años del sexenio peñista, OHL y sus
proyectos de cobrar más en las casetas que le fueron otorgadas o la fuga de El
Chapo Guzmán.
Un repaso de las más recordadas
conducciones presidenciales de la sucesión puede ser la siguiente aproximación
de esos hechos:
López Portillo engañó con la verdad al
mostrar siempre como su favorito a Miguel de la Madrid. Lo cubrió del fuego
amigo cuando mandó a dirigir al PRI a Javier García Paniagua, que era el
favorito de las poderosas hermanas del presidente.
El engaño de Luis Echeverría con Mario
Moya Palencia fue cobijado en el multidestape que realizó el tabasqueño Leandro
Rovirosa Wade cuando pronunció los nombres, además del de Moya, los de López
Portillo, a Augusto Gómez Villanueva, Porfirio Muñoz Ledo, Hugo Cervantes del
Río entre los más recordados de aquella caballada.
Carlos Salinas quiso proteger a Colosio
con las posibilidades presidenciales de Manuel Camacho, Ernesto Zedillo, Pedro
Aspe, entre los que fueron de verdad posibles suplentes del sonorense.
Falló, le asesinaron a Colosio en medio
de la rebeldía y sabotaje de Manuel Camacho y la sucesión se convirtió en uno
de los episodios de ese corte más sangrientos cuando también fue ultimado José
Francisco Ruíz Massieu, inminente pastor de los diputados y perfilado para
ocupar la secretaría de gobernación con Zedillo.
Zedillo pintó su raya de una manera
imprudente con el PRI cuando habló de la sana distancia.
No era entonces un político conocedor
de las buenas y malas artes de esa actividad.
Y tampoco fue reconocido como un
militante distinguido por los colosistas en desgracia.
Después de su deslinde improductivo del
PRI, Zedillo realizó varios intentos por regresar al ánimo de los priístas
duros y no lo logró.
Se definió finalmente por Francisco
Labastida, que hoy por hoy se ha convertido en el priísta con más capacidad de
convocatoria por su actitud institucional, pero no supo desde la presidencia
hacer ganar a su candidato.
El sábado pasado Peña Nieto empezó su
engaño en el azaroso camino de la sucesión presidencial.
Puso quietos a varios y destapó un
perfil que si ahora recae fundamentalmente en Aurelio Nuño, representante de la
nueva generación y que en dos años es un cuadro que puede crecer mucho, define
una búsqueda de candidato peñista de un corte explicablemente generacional.
Lo más claro es que, a diferencia de
Zedillo y Salinas, Peña Nieto sí jugará la sucesión defendiendo a quien elija.
El mensaje del presidente el sábado
pasado se puede leer como que SU CANDIDATO NO ESTABA entre los OCUPANTES DE la
primera fila de esa triste reunión.
¿Está Peña Nieto engañando con la
verdad y finalmente elegirá a algunos de los que de momento sintieron
canceladas sus aspiraciones cuando el jefe real del PRI esbozó el perfil de su
sucesor?
¿O estará engañando con la verdad, así
ocurre en política aunque parezca un contrasentido, y su delfín tendrá el
perfil que reclama una sociedad que, como apunta Denisse Mearker en su columna
de Ayer en El Universal, no encuentra opciones ganadoras en la oposición, una
sociedad que ya se cansó de ver las mismas caras en las boletas electorales?
Lo cierto es que, a pesar de la inocua
celebración de los tres años peñistas en el PRI, todo indica que la función de
la sucesión presidencial ya comenzó.
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